jueves, 6 de junio de 2013

La correspondencia entre Brigitte Reimann y Hermann Henselmann: diálogo y amor en la RDA

En el otoño de 2007, Ibon Zubiaur propuso a Bartleby la edición de una novela de Brigitte Reimann, una escritora fallecida prematuramente de un cáncer galopante a los 39 años de edad en Berlín Este. Era alemana y residente en la antigua República Democrática y mostraba, con todos los condicionantes imaginables y de una manera contradictoria, una actitud crítica hacia el socialismo real. La novela era Los hermanos, publicada en 1963, un año después de que fuera construido el Muro de Berlín, y galardonada con el más importante premio de aquel país: el Heinrich Mann. Una obra deslumbrante en la que Brigitte Reimann reflexionaba sobre su experiencia familiar —su hermano había huido al Berlín Oeste— y sobre la labor creativa en la realidad en blanco y negro de la RDA a partir de su experiencia como trabajadora “de la literatura” en un complejo industrial en la ciudad de Hoyerswerda.  Cuando, en 2008, Los hermanos se publicó en España (en Bartleby, con traducción y prólogo de Ibon), se vivía una recuperación crítica de la realidad cotidiana en la “otra Alemania”. Había curiosidad y, sobre todo, necesidad de contemplar la vida colectiva bajo el régimen comunista desde el interior, a partir de la experiencia de quienes allí vivieron. A esa curiosidad respondían películas como La vida de los otros o Goodbye Lenin, ambas con un notable éxito de espectadores y de crítica.

En los años siguientes, Ibon me hizo llegar parte de la correspondencia que Brigitte mantuvo con uno de los más importantes y originales arquitectos de la RDA en los años cincuenta y sesenta, Hermann Henselmann. Los leí a retazos dada la imposibilidad de publicarlos en Bartleby por falta de colección adecuada. 
Brigitte Reimann
Pero, por fortuna, no han quedado inéditos en castellano. La pequeña editorial errata naturae me ha hecho llegar la edición española, con el título En la ciudad del mañana, de esa correspondencia. En cuanto he tenido un hueco, me he metido en su lectura. Ha sido (está siendo) una experiencia fascinante. No es fácil, ciertamente, sentirte atrapado por un libro basado en un intercambio de cartas. Sí lo ha sido en este caso. Como si de una novela se tratara, desde que leí el primer fragmento de la carta de Hensselmann que abre el libro —«Querida señora Brigitte Reimann: Esta carta  solo quiere ser una noticia: su libro Hermanos ha conmocionado a toda nuestra gran familia: chicos y chicas, jóvenes y adultos»— no he podido dejar su lectura. Me ha acompañado en el metro, en el autobús, en los momentos libres que me dejan la escritura  y otras obligaciones . 
Hernann Henselmann
En la ciudad del mañana es la crónica de una amistad  que de manera sutil se convierte en ocasiones en amor, casi en pasión. Es la crónica de la admiración mutua, de la devoción de una Brigitte joven, inteligente y bella, por un arquitecto que considera a la arquitectura como una de las bellas artes (se considera artista) casi treinta años mayor que ella. Las cartas, entreveradas con fragmentos de los diarios de la Reimann que clarifican el contexto y el momento en que fueron escritas, son un caleidoscopio de la realidad interior de la RDA. Las miradas de ambos, víctimas del sistema y, a la vez, con un protagonismo indudable dentro de su élite cultural están cargadas de complejidad, se mueven entre la aceptación y el respaldo al proyecto de “sociedad nueva” que encarna el partido comunista y la crítica, a veces sutil y a veces abierta, a sus excesos. Hensselmann, cuando se dirige a Brigitte para comunicarle la impresión que le había producido la lectura de su novela, es un arquitecto más que consagrado. Grandes proyectos como la Avenida Stalin (su nombre actual es avenida de Carlos Marx) o la Torre de la Televisión y parte de la vivienda social de Berlín Este estaban firmados por él y el reconocimiento, dentro y fuera de la RDA, era notorio.

Hablan, con sus decepciones (más Brigitte Reimann) y con sus entusiasmos (más Henselmann), de un mundo en mutación, confían en que en algún momento la RDA puedaa ser ejemplo a seguir por la República Federal, se refieren al hombre nuevo, a los trabajadores como “nuevos clientes” del arte y de la literatura: en una carta del 29 de diciembre de 1964, Henselmann cuenta la siguiente anécdota:
Portada de Los hermanos.
 Bartleby, 2008
«Recibo a veces, como sabes, visitas del Oeste. En las últimas cuatro semanas tuve dos visitas interesantes. Una de ellas era un periodista muy famoso de The New York Times, y otra es un amigo mío, de tu edad, que es catedrático de Pedagogía y Ciencias Sociales en Berlín Occidental. Un socialista. Un hombre del SPD. No es comunista. // Este último dijo en la charla, al hablar de los cambios en la RDA, algo así como: “Haced bien lo vuestro, por Dios, porque sois nuestra única esperanza”».
El partido, sus funcionarios, los escritores-políticos, la Unión de Escritores como catalizador de iniciativas culturales y como cauce para la publicación de libros, las ciudades fabriles y la construcción de viviendas con materiales prefabricados frente a la arquitectura tradicional. El mundo literario y el mundo del pensamiento urbanístico, los cursos y encuentros de la época, la relación, casi siempre epistolar, con Berlín Oeste, de Henselmann, la cotidianidad en barrios que pretenden ser ideales pero que nacen con carencias —de gran interés las referencias de Brigitte a la ausencia de lugares de diversión para jóvenes, a la necesidad de construir espacios para su ocio—,  la censura…. Los autores de la época, de dentro y de fuera de Alemania, desde el pro nazi Knut Hamsun hasta Christa Wolf, Gorki o Thomas Mann pasando por el Semprún de El largo viaje o por el Böll de Opiniones de un payaso. Todo eso está en En la ciudad del mañana y puede contemplarse como la mejor radiografía de una época y de un país.

La correspondencia se inicia en  mayo de 1963: solo habían pasado catorce años desde la constitución de la RDA en la  Alemania ocupada por la URSS, por lo que las esperanzas en una sociedad distinta se mantenían, en gran medida, intactas. Aunque con dudas, arquitecto y escritora confían en la nueva sociedad, consideran al partido como guía y pensador colectivo, creen en los trabajadores y campesinos (aunque a veces Brigitte se refiera a ellos con un poso de ironía), nos ofrecen una visión de la sociedad en vivo, muy alejada de las convenciones al uso y, sobre todo, de la mirada simplista que entonces se proyectaba por no pocos observadores desde la Europa Occidental y con la que se llenaban páginas y páginas de revistas y periódicos. Bien es verdad que las cartas muestran, también, la evolución del desencanto ante la distancia entre el proyecto y la realidad, un desencanto que se hace decepción y amargura tras la invasión de Checoslovaquia por el ejército soviético en 1968 y que ella vive especialmente al tener a su hermano “exiliado” en la Alemania federal.
También es una historia de amor. Contenido, como corresponde a la relación entre dos personas de edades separadas por treinta años, pero visible tras determinadas expresiones y eufemismos y, por tanto, real y contradictorio. Un amor que se tradujo en un vivo intercambio de impresiones sobre la novela que estaba escribiendo Brigitte, Franziska Linkerhand, que dejaría inacabada y cuya publicación se produciría en 1974, con cortes de censura, y en 1998 en versión íntegra, según contaba Zubiaur en el prólogo a Los hermanos.
El libro se cierra con una carta muy posterior de la esposa de Hensselmann a una Brigitte Reimann que llevaba veinte años muerta. Fechada en mayo de 1994, es un emocionado recorrido por su relación (y la de su marido) con la novelista.  Un hermoso cierre de un libro imprescindible.

viernes, 24 de mayo de 2013

La poesía, el libro, la cultura y.... Vallecas


El pasado mes de abril, participé, presentando en el acto inaugural a Francisca Aguirre y a Guadalupe Grande en una actividad cultural denominada “Vallecas calle del libro”.  También participó Pepo Paz  en su calidad de editor, ya que Bartleby Editores acogió la antología Detrás de los espejos que fue libro de cabecera de los eventos que al amparo del citado lema, se celebraron en todos sus barrios. Era en Vallecas, distrito de Madrid profundamente vinculado a la lucha democrática, a las movilizaciones urbanas y a una cultura alternativa que históricamente (al menos, desde los albores de la democracia) ha tenido en el rock, en el comic, en la cultura de barrio y en el compromiso colectivo con la izquierda algunos de sus ingredientes. Allí estaban, como impulsores y animadores, Pepe Molina y Antonio Albarrán, antiguos conocidos de todas las batallas por la libertad, la igualdad y la fraternidad en que una parte de mi generación se ha implicado desde que todos éramos casi adolescentes. Ellos son los artífices esenciales de la fundación que organiza la actividad: Vallecas Todo Cultura.

Siempre había contemplado “Vallecas calle del libro” desde una zona lateral. Participé de sus actividades en el lejano (parece mentira) abril de 2003 con la presentación, en la librería Abacus, hoy reconvertida en papelería-juguetería bajo otro nombre, de mi novela Los días de Eisenhower y en los años posteriores contemplé sus actividades desde una cierta lejanía. Sin embargo, este año tuve la oportunidad de vivir esa experiencia más de cerca. Casi, casi… desde dentro, desde su corazón. Lecturas de poemas, cine, presentaciones de libros, teatro, actividades infantiles: dos distritos y muchos barrios como protagonistas del hecho cultural. Algo que si bien tiene una enorme importancia en cualquier tiempo, la tiene aún más en tiempos de crisis, de recortes, de desprecio a la cultura por parte de un gobierno empeñado en poner los intereses de “los mercados” por delante de los intereses colectivos, comenzando por la cultura y pasando por la educación, la sanidad y las prestaciones sociales.

Pepe Molina y Antonio Albarrán, con otros colaboradores anónimos, hacen posible el milagro. Y el milagro es que a lo largo de una decena de días más de 30.000 personas participen en distinto grado de la cultura. Es que en todos los colegios, públicos y concertados, de esos barrios los alumnos lean y debatan los poemas del escritor al que se dedica “Vallecas calle del libro”. Este año fue Paca Aguirre, pero en años anteriores lo fueron Gloria Fuertes, o Pepe Hierro, o Rafael Alberti….  Es que en los centros culturales de ambos distritos la actividad gire en torno al libro. Las librerías (Muga, La esquina del zorro…), las bibliotecas públicas los centros de adultos, las asociaciones vecinales…. Todos comprometidos con un proyecto que es de todos. En Vallecas, abril es el homenaje al libro, a la literatura. Y este año ha sido un homenaje a la poesía, esa disciplina minoritario inasequible al desaliento y vencedora de todas las crisis que en el mundo han sido. Un ejemplo del que aprender. Una senda por la que avanzar para resistir. Aunque hubo una actividad que, irremediablemente, se cayó de la agenda por razones de fuerza mayor: no se pudo presentar En legítima defensa, la antología de poemas y poetas en tiempos de crisis cuya edición ha sido aplazada para el próximo otoño. Ahí queda una asignatura pendiente: en septiembre, o en octubre, la antología "anticrisis" será objeto de lectura y debate en alguno de los centros culturales del barrio o en la sede de Vallecas Todo Cultura.

Por razones personales, suelo ir a Vallecas un par de veces al mes (como mínimo): me gusta pasear por las grandes avenidas próximas a la Asamblea de Madrid, todas con nombres de títulos de  clásicos del cine, visitar sus librerías y hablar con sus libreros, tomar un café o una cerveza en cualquiera de las terrazas al aire libre, respirar ese aire entre combativo, resistente e innovador que expanden la vanguardia cultural de sus barrios. Ahí está Vallecas Todo Cultura. Y una parte de mi memoria personal que tiene sus raíces en mi vida a los doce o trece años: durante catorce o quince meses de 1965 viví en un pisito con mis padres, allá donde “la ciudad perdía su nombre”. Al borde del descampado, en las Palomeras Altas, un lugar hoy desaparecido que entonces estaba rodeado de campos de labor y de chabolas.  Abril del libro y de la cultura. Vallecas de todos, de colegiales leyendo poemas, de maestros y maestras comprometidas con la poesía… Vallecas.

domingo, 12 de mayo de 2013

¿Por qué se estanca la escritura de una novela?


¿Por qué se estanca una novela después de años de trabajo? Aunque cada escritor tiene una distinta forma de construir las novelas, he hablado con algunos narradores que me han reconocido que más de una vez se han hecho esta pregunta. En mi caso, la novela suele nacer de una imagen que durante tiempo y sin que nadie pueda explicar porqué, permanece en mi cerebro y se manifiesta en los momentos más inesperados: fue la de un viaje en otoño hacia el "paraíso" de las vacaciones de la infancia en Mar de octubre, la del jardín abandonado de un viejo chalet de la antigua Ciudad Lineal en El lento adiós de los tranvías, la de una fosa con el fondo cubierto de algodón sintético junto a un palacete en obras en Los días de Eisenhower o la fiesta organizada en una noche de verano en una casa en la montaña en la que la música y los olores de la naturaleza son el telón de fondo de un grupo de parejas acuarentadas, en mi última novela, Verano.

Es el universo de evocaciones que la imagen sugiere, o las posibilidades de acción que a partir de ella podrían desarrollarse lo que la convierte en motor de la obra. En núcleo a partir del cual, como ondas concéntricas o como estratos de un territorio a descubrir, avanzará el relato. Los personajes crecen, llaman a otros personajes, buscan nuevos paisajes y nuevos escenarios, van alumbrándome zonas desconocidas de su experiencia, se convierten en tenaz compañía a lo largo de los meses y de los años. Después, cuando el texto ha superado las cuarenta o cincuenta páginas, nace el esquema. Y con él perfilado, trabajo durante días en dar coherencia a cuanto llevo escrito y en responder a una pregunta esencial: ¿qué quiero contar?. Puede ser el retorno de un escritor ya maduro a los lugares de los veranos de la niñez a intentar resolver un enigma que quedó encallado en algún lugar de su memoria (Mar de octubre); el paradero de un dibujante conocido durante la República que desapareció en la posguerra (El lento adiós de los tranvías); la posibilidad de que el día en que el presidente norteamericano Eisenhower entraba en Madrid acompañando a Franco se hubiera frustrado, casualmente, un atentado contra el dictador (Los días de...) o la reconstrucción del "último verano de nuestra juventud" y el primero de la adolescencia de nuestros hijos (Verano).

A partir de la imagen y durante mucho tiempo, la novela avanza. Con desajustes, con parones de algunos días, con cambios retrospectivos, con apuntes sobre el esquema trazado... Sin embargo, un día se detiene inexplicablemente. Pasan semanas, meses, incluso años, sin que pueda añadir una nueva línea, una nueva palabra.

El ejemplo más reciente: el 20 de noviembre de 2008 comencé una novela. La imagen-motor: una tarde de ventisca llega un viajero a un hotel rural situado en un lugar del vértice norte de Madrid. A lo largo de cuatro años ha ido avanzando con cierta regularidad (la que me han permitido otros trabajos literarios y profesionales) y ritmo. En agosto de 2012 pensé que entraba en el capítulo final.  Incluso lo anuncié en Facebook, tal fue mi alegría pues salía de un parón de dos meses. Sin embargo, hoy, a punto de mediar el mes de mayo de 2013, la novela se ha alargado traicionando mi voluntad de entonces, el final se ha postergado y pese a saber "lo que quiero hacer" y tener clara la acción y los acontecimientos que la cerrarán, ha vuelto a estancarse. Intuyo que la terminaré este verano, el verano de 2013. Pero me es imposible asegurarlo. ¿Qué hay detrás de este nuevo parón? ¿Razones psicológicas? ¿Sobrecarga de trabajo? ¿Desgana?...

Si bien es imposible saberlo, se me ocurren dos razones que, con toda probabilidad, formen parte de las entrañas de la novela.  La primera: quizá los personajes que en ella viven necesiten un tiempo de reflexión, pensar si les merece la pena dejar las bambalinas de la imaginación de su autor para ser una realidad conocida por otros, por los lectores. Es decir, si quieren someterse a los vaivenes del mundo, ser parte de la imaginación y del pensamiento de los demás, salir del útero. La segunda: ¿no habrá por mi parte cierto miedo inconsciente al vacío post-parto, a perder la compañía de los personajes, a dejar de vivir, sufrir y gozar los escenarios y los ambientes que durante tanto tiempo he estado compartiendo con ellos? Me gustaría creer que se trata de alguna de estas dos razones. Porque son hipótesis literarias, no utilitarias o de intendencia. Así estoy yo ahora como escritor. Y así está mi nueva novela. Confío en que el parón no se eternice.

lunes, 11 de marzo de 2013

Gabino-Alejandro Carriedo: un descubrimiento de 1980

En 1980 yo acudía un par de veces a la semana a reuniones en las que lo político y lo cultural se mezclaban y que se celebraban en un local al lado de la estación de Metro de Ópera, cerca del Teatro Real y de la plaza de Oriente. Aunque casi siempre volvía a casa tomando el metro en esa estación, en ocasiones caminaba hasta la Puerta del Sol y me detenía, por un tiempo interminable, en una librería que tenía algo de lugar de lo maravilloso. Era la librería Abril, en la calle Arenal, a unos trescientos metros de la plaza de Ópera. Eran días convulsos, de grandes mutaciones políticas, sociales y culturales (se iniciaba por entonces "la movida madrileña", se cocía el 23-F, la democracia naciente tenía el primer alcalde de izquierdas en Madrid con Tierno Galván) y mi nivel de compromiso era absorbente hasta límites hoy inimaginables. En ese ambiente, la librería Abril, en aquellos regresos de media tarde, era, para mí, una isla en la que yo me sumergía durante un buen rato en la lectura, al azar, de poemas de los poetas más extraños. Allí, años antes, había comprado el libro Poesías escogidas, un antología de José Hierro editada en 1960 por Losada en Buenos Aires (una primorosa edición que ha desaparecido de mi biblioteca, lo que me hace pensar en un descuido de alguno de mis amigos), y allí, tal y como pude leer tiempo después, se trasladó la tertulia que Pepe dirigía en el Ateneo, tal y como lo cuenta Pedro J. de la Peña en su libro José Hierro. Vida, obra y actitudes: "La tertulia poética que Hierro dirige en el Ateneo acaba siendo censurada y se traslada a la librería Abril, en la calle Arenal. Dirigida por Carmina Abril, José Gerardo Manrique de Lara y Pepe Hierro. Se inauguró con una lectura de poemas de Vicente Aleixandre", escribe.

 Uno de aquellos días, ojeando y hojeando libros en la sección de poesía me tropecé con una novedad en la que una rara conexión entre el título Nuevo compuesto descompuesto viejo y el nombre de su autor, Gabino-Alejandro Carriedo. Título y autor tenían extrañas resonancias campesinas, agrarias, rurales, una impresión que no traicionó el primer poema del libro que leí. Fue un poema al que me enfrenté al azar en la misma librería y cuyo comienzo se me quedó grabado. Durante muchos años lo mantuve vivo en la memoria. El poema llevaba como título "Noticia al atardecer" y comenzaba así:

"Hace tiempo debí escribirte carta,
decirte, entre otras cosas, "en la provincia llueve,
mi hermana se ha metido monja
y yo perdí el empleo".
Tú hubieras contestado con tu letra
galante en el papel:
"Siento lo de tu hermana,
pero me alegro de la lluvia
que beneficia a los cautivos".

Era un tono conversacional, directo, que me recordó algún poema de Eladio Cabañero, pero cuya sequedad lo dotaba de una emoción distinta: dura, casi agreste, menos sentimental que la de Eladio. Aquella antología, editada por Hiperión cuando todavía sus libros llevaban en la contraportada el epígrafe "Poesía Hiperión - Ediciones Peralta", contaba con un prólogo espléndido del por tantas razones poeta irreverente Antonio Martínez Sarrión. Era un prólogo ácido, directo, que tuvo no sólo la virtud de darme a conocer algunas de las claves de la obra de Carriedo, sino de situarme en cierto espacio, el madrileño, de la generación del cincuenta y sus alrededores, generación cuya peripecia siempre me había llegado vinculada a la peripecia de la Escuela de Barcelona. Sarrión lo sitúa en los aledaños de la cafetería Pelayo "donde todavía coleaba en el 63 la tertulia de la flor y nata del 'realismo social madrileño' ", y nos cuenta cómo cada tarde lo rescataban de su despacho funcionarial (Carriedo fue, hasta sus últimos días, un funcionario dedicado a editar revistas de urbanismo) para llevárselo de vinos y de conspiraciones literarias y políticas en aquel Madrid que crecía, pese a todo, bajo la alargada sombra de la dictadura.

Leí los poemas de aquella antología con la sorpresa de quien ignoraba casi todo de la existencia de aquel magnífico escritor. Y fui descubriendo a través de ellos la respiración de una vanguardia que, en aquellos años (hablo de finales de los setenta/ principios de los ochenta) era desconocida para los poetas más jóvenes: el postismo, en su primera (Carlos Edmundo de Ory, Chicharro, Sernesi) y en su segunda (el propio Gabino-Alejandro y Ángel Crespo) generación. En Nuevo compuesto descompuesto viejo había poemas de dos libros inéditos de su época postista, La piña sespera, de 1948, y La flor del humo, de 1949, y una amplia selección de textos, de un alto nivel de calidad, de sus libros publicados hasta entonces, desde Los animales vivos (1951) hsta el emblemático Política agraria (1963). También se recogía, bajo el título genérico Poesía 1970-1979, una colección de poemas de diversa temática escritos a lo largo de la década que acababa de cerrarse.

Gabino-Alejandro Carriedo era un poeta extremadamente singular, en el que vanguardia y compromiso social, militancia cívico-política y empeño innovador establecían una relación dialéctica. Nada fácil en el tiempo de la dictadura, pero imprescindible para avanzar en el territorio de la poesía. Su lírica era (es) agraria y arraigada y, a la vez, urbana y desarraigada. Era seca y tierna al mismo tiempo, localista y universal, abstracta y concreta en un mismo empeño. La arquitectura, las tierras de Castilla, el dolor por una Guerra Civil vivida en la niñez pero con cuya sombra interminable convivió, los lugares de la España interior, como heredados del espíritu más insumiso y desafiante del 98 (pienso en Machado, en el Unamuno más radical)  como Cuenca, Sepúlveda, Madrid y sus ríos, las tierras y campos de labor de la España cereal. Pero su poesía era (es) también intimidad y emoción, homenaje al padre (magnífico el poema "Recordando a mi padre" de El corazón en un puño) y memoria de la infancia y de la adolescencia

Evoco aquella lectura y me llega el recuerdo de una poesía mezcla de centeno y cubismo, de abstracción (Chillida, Manolo MIllares, Oteiza, Mondrian) y casticismo del bueno. No es de extrañar: su compromiso postista se trocó, años más tarde y al lado de Ángel Crespo, en el llamado "realismo mágico", el pajarerismo, un claro anticipo de lo que años después nos vendría de la mano de los narradores del "boom" latinoamericano aunque en aquel tiempo Carriedo lo alimentaba de la mejor poesía luso-brasileña (de Pessoa a De Andrade). En todo caso, he de subrayar que en mi lectura de entonces advertí un vacío en la selección de poemas: áunque Martínez Sarrión aludía en el prólogo al primer libro de Gabino-Alejandro, Poema de la condenación de Castilla (1946), entre sus páginas no se recogía un sólo poema del mismo. ¿Por qué? Es una incógnita que quizá algún día pueda resolver. Hoy ese libro es casi imposible de conseguir o encontrar: en internet, hace un rato he encontrado un ejemplar de aquella edición (reproduzco fotografía de la portada) a un precio de 500 dólares de vellón. Casi nada.


Portada de "Poema de la
 condenación de Castilla"
De otro lado, yo no sabía cuando compré en la librería Abril aquella antología que su autor ya estaba dialogando muy en serio con la muerte, que vivía en San Sebastián de los Reyes (un hervidero de la izquierda y del movimiento vecinal en los años setenta) y que en septiembre de 1981, un año después de que yo me hiciera con Nuevo compuesto descompuesto viejo iba a morir en soledad y víctima de un infarto de miocardio. Con él se fue una aventura literaria que estuvo a punto de ser anegada por las canonizaciones prematuras a las que se suele entregar nuestra universidad y por una crítica periodística poco amiga de la insumisión ética y estética. El pájaro de paja (qué maravilloso título para una revista), Deucalión, Doña Endrina, La Cerbatana, Postismo, Poesía de España...  fueron revistas que nacieron, crecieron (poco) y murieron entre 1945 y 1970 con un afán desafiante y, a la vez, con una conciencia clara de las dificulatades a las que se enfrentaban. De Gabino-Alejandro sabría mucho más gracias a otro libro, recibido en mi domicilio a finales de los años noventa: se trataba de El libro de las premoniciones (1999), publicado por la mítica editorial El toro de barro, en la nueva etapa abanderada por Carlos Morales. El libro, cuidadosamente editado, con epílogo del propio Carlos e introducción de Francisca Domingo, recogía los poemas en los que Carriedo había sintetizado el diálogo con la muerte al que antes me refería. Poemas premonitorios, duros, de un trasfondo gris y pesimista.

Como todo hijo de vecino, yo llevo conmigo una habitación imaginaria para que vivan en ella mis fantasmas literarios. Éstos son los poetas extraños, raros, marginados, no siempre malditos, pero de un enorme calado emocional, estético, ético: en esa habitación ocupa un lugar preferente Gabino-Alejandro Carriedo. Conviviendo, como no podía ser de otra manera, con otros: Miguel Labordeta, Justo Alejo, Aníbal Núñez, Eladio Cabañero, Carlso Sahagún, un casi desconocido Julio  Garcés, José Luis Prado Nogueira  o un Federico Muelas casi desconocido: irracionalista, experimental, surreal, extraño, muy alejado del sonetista propenso al garcilasismo que todos conocemos y que no hace mucho nos dio a conocer esa rara avis de la militancia poética llamdo Carlos Morales del Coso.

Dejo al lector con un poemas póstumo de Gabino-Alejandro recogido en El libro de las premoniciones. El poeta se enfrenta a la soledad y a la muerte. Desolador y maravilloso:

OTRA TARDE DE DOMINGO*

LLAMA a la puerta el ogro
de la soledad.
El ogro abominable
de la soledad.
El del silencio, el de ecos
imposibles,
el de llantos lejanos de niño,
el de niñas jugando en el próximo
jardín,
el ogro de la soledad.
El de sombras crecientes en la tarde
del cuarto de estar.
El del tic-tac inexorable
del reloj compañero.
Viene el ogro desmantelando
las últimas ilusiones,
las llamadas últimas
de la esperanza.
El ogro frío de la orfandad
dominguera y vacía.
El del avión
que cruza el cielo.
El del teléfono callado,
el del retrato inmóvil.
El ogro de la copa repetida
y el libro abandonado.
Llama a la puerta el ogro
de la terrible soledad.

Preámbulo del silencio
antesala de la muerte
presagio al fin final
donde nada acontece.
Ni te llama.
Ni te espera.

lunes, 11 de febrero de 2013

Un viaje, en otoño, a Berlanga de Duero. Segunda parte: de Barcones a Berlanga

Continúo con la crónica del viaje otoñal a Berlanga de Duero. Tierras castigadas por el abandono, pequeñas ciudades de provincia en las que. silenciosa, avanza la decrepitud....

Casa en ruinas en el interior de Rello
Entramos en la provincia de Soria entre suaves lomas y tierras roturadas y, al final de la curva, una extensa sucesión de álamos culmina en una irregular pradera de la que brotan viejos apriscos de ganado de piedra ocre. Casi sin darnos cuenta, cruzamos Barcones y, junto a la carretera, vimos cómo dos ancianas, caminaban con paso presto trasladando una mesa plegable. Montañas de paja junto a una era. Hacia Berlanga, campos yermos que contrastan con suaves lomas cubiertas de vegetación. Excepcionalmente, las lomas culminan en grandes rocas que parecen vigilar cualquier movimiento que se produzca en la llanura. Una indicación, a la derecha de la carretera, nos señalaba que cerca del lugar se levanta un manantial que lleva por nombre Fuente del caballero ý más adelante, ya en la intersección con la carretera que conduce a Berlanga, parecía aguardar al caminante una ermita con un pequeño camposanto añadido. Seguro que tiene nombre, pero en ningún lugar se señala... Ahí quedó, respirando, como tantos otros edificios que asomaban en la lejanía, la soledad de los campos.

Rello, en la altura, desde la carretera
Rello es un pueblo de altura y castillo. Su murallas, cariadas en algunas partes y bien conservadas en otras, asomó al fondo como una aparición majestuosa. Sobre las piedras de la pequeña ciudad, una bandada de negros buitres trazaban círculos contra el azul. Abajo, a la derecha de la carretera, una alameda dibujada en sucesivas curvas rendía pleitesía a un riachuelo cuya mera presencia anticipaba la vega y los huertos. El rio Escalote avanza oculto entre la vegetación y al verlo, no pude evitar el recuerdo de otros ríos parecidos en mi infancia, ríos en los que todavía era posible pescar los cangrejos autóctonos, hoy tan apreciados como el caviar. Por lo menos.

Rello mantiene con prestancia y dignidad su arquitectura medieval. En su casco urbano se levantan numerosos alojamientos rurales, extrañamente desocupados aquel sábado de octubre en el que los cielos despejados no lograban atemperar un viento frío y desapacible. Reproduzco las notas que tomé mientras caminábamos por sus calles estrechas: "Sometido, en su altura de rocas, a los vientos invernales. Rodeados de campos todavía amarillos. Abajo, llanos ondulados. Chopos, álamos. Tropeles de nubes flotando sobre el la llanura. Nidos de casas achaparradas sobre una loma.". Rello es un pueblo que todos los amantes de la historia y de los lugares con historia debemos visitar alguna vez en la vida. Cierto que hay edificios en ruinas, viviendas abandonadas y patios convertidos en almacenes de herramientas abolidas. Pero es una auténtica celebración de la piedra a la que no se le da la importancia que merece en los itinerarios turísticos.

Iglesia románica de Coltojar. Portada principal
Ocurre lo contrario con Caltojar, a donde llegamos muy cerca de la una de la tarde. Si Rello ocupa una colina, Caltojar se extiende en el llano y sus construcciones nos parecieron restauradas hacía poco tiempo. La iglesia de San Miguel, un románico tardío del siglo XII tiene un pórtico que es una auténtica joya. Cuando llegamos, estaban en fiestas y, los vecinos, vestidos de domingo como debe de ocurrir desde tiempos ancestrales, llenaban las calles y las proximidades de la iglesia. Entre ellos con uniformes ad hoc un grupo de los "Tamborileros de Aranda". Muy cerca, pudimos ver el edificio consistorial, que data de 1960, de los años negros. Al igual que el ruinoso edificio de la "Hermandad sindical", una arqueología del sindicato vertical del franquismo: aquellos vestigios del tiempo de la dictadura serían compensados por la imagen, reproducida sobre la pared de lo que parecía un garaje, del rostro de Antonio Machado que pintara, en 1955, Pablo Picasso. A la derecha de la firma picassiana, vimos un curioso reclamo de paternidad: junto al símbolo de Copyright pudimos leer EL ALCALDE

De Caltojar a la ermita de san Baudelio. cercas de Casillas de Berlanga y situada sobre un desmonte, se trata de una de las construcciones más singulares de la arquitectura mozárabe. Sus frescos interiores y sus columnas, que se mantienen aceptablemente, son una muestra de una cultura distinta y distante a la que nos muestran los vestigios románicos de la comarca. Junto a la ermita corría un viento frío y desapacible, lo que nos llevó a eludir la tentación del paseo y a retomar los coches para acometer el último tramo hacia Berlanga, de la que nos separaban poco más de siete kilómetros.


Berlanga de Duero es el castillo sobre el altozano y es la Colegiata de Santa María del Mercado, uno de los ejemplos más emblemáticos de la arquitectura de transición del gótico tardío al Renacimiento. . Son sus calles con soportales y sus casas de no mas de tres plantas, sus plazas recoletas y sus arcos hablan de otros siglos y de otros tiempos. Pese a que era sábado, eran muy pocos los viandantes y muy pocos los turistas y viajeros que caminaban por las calles. Sólo en.las proximidades de la Colegiata su presencia se hacía algo más evidente y numerosa. Entramos en la penumbra del templo y nos dejamos llevar por la "guía oficial", María Jesús, una mujer de habla espasmódica pero segura, nos muestra la colegiata.describiendo su pasado y sus secretos de manera mecánica, pura memoria: por ella supimos que el coro alberga los dos órganos mas viejos de la provincia de Soria. Recordé otro viaje a Berlanga de muchos años atrás, quizá a finales de la década de los setenta, en que recorrimos la vega del Duero hasta llegar a Soria. De entonces, en mi mente sólo mantenía una imagen de ciudad polvorienta, como abandonada de los poderes públicos, y el recuerdo del caimán que, fosilizado, se muestra en la Colegiata. Fue traído, de las Islas Galápagos (Ecuador), por su descubridor, Fray Tomás de Berlanga, quien fuera cuarto obispo de Panamá, nacido en la ciudad. De su paso por el mundo da noticia una placa sobre la fachada de la casa en que nació, que, aquel día se encontraba bien rodeada de vegetación (hiedra o enredadera): por ella supimos que nació en 1490 y murió en 1551.


Colegiata de Santa María del Mercado, en Berlanga
Cuando acabamos el recorrido por el interior de la Colegiata y salimos al exterior, nos entregamos a una peregrinación con final inesperado. Buscamos algún lugar donde comer (éramos 9 "peregrinos") y nos aprestamos a buscar algún restaurante de menú y precios razonables. Fue prácticamente imposible: en la mayor parte de los bares no daban de comer y en los que sí daban nos decían que era muy tarde para atender a un grupo tan numeroso. Sorprendidos desagradablemente porque en una ciudad con un valioso patrimonio histórico y con aspiraciones a atraer turismo de todo género no hubiera forma de comer en condiciones, culminamos la peregrinación en una suerte de hamburguesería-bar-mesón, un híbrido extraño en una ciudad medieval, denominado Valeria donde dimos cuenta de unas hamburguesas con patatas fritas, huevos y bacon.
 
La sobremesa fue un paseo calmo por las viejas calles de la ciudad. Calles apacibles ante las que no dejé de preguntarme por la vida cotidiana en el lugar: la lentitud del paso de las horas, algo que siempre he advertido cuando he pasado varios días en alguna pequeña ciudad de la Castilla profunda. La hospitalidad de sus cafeterías, que tienen algo de refugios cosmopolitas frente al casticismo que reina en las calles. El aire de cuarto de estar de esos bares de café y copa donde los lugareños entretienen las tardes jugando al mus o al dominó.... Y el deterioro de los edificios de viviendas.  Esta última circunstancia fue lo que más de emocionó: en Berlanga, como en otras ciudades similares de la ribera del Duero, hay muchas casas como la que se recoge en la fotografía: las ventanas cerradas desde Dios sabe cuándo, las paredes desportilladas, los cristales rotos... Y comercios cerrados con los escaparates vencidos por el polvo de decenios. "No es la crisis", pensé. Y en efecto: muchas casas dejaron de estar habitadas en los años setenta u ochenta del pasado siglo.



 
Dejamos Berlanga a eso de las cinco de la tarde y tomamos el rumbo de Gormaz y Burgo de Osma, El paisaje, en esta zona de Castilla, era el que tantas veces hemos imaginado al leer a aquellos escritores que se han referido a estas tierras: desde Azorín hasta Machado, desde Miguel de Unamuno hata Dionisio Ridruejo. Pero en el trayecto a Gormaz, el paisaje presenta una novedad: surge el sabinal y el pino bajo, que se alternan con llanuras amarillas y alamedas en las zonas más húmedas, las que circundan el Duero. Es la Soria de vegas en lontananza y paisajes medievales. No tardamos en avistar, desde la carretera y en dirección norte, la montaña sobre la que se levanta el castillo de Gormaz y abajo, el pueblo del mismo nombre. Dejamos los coches a media subida, en una zona de aparcamiento, y subimos caminando hasta las ruinas del castillo. Una de los amigos que me acompañaban en el viaje subrayó que se trataba de la mayor fortaleza construida en Europa durante la Edad Media.  Más de un kilómetro de longitud en planta de un extremo a otro y la constatación, en una de las guías impresas que llevábamos con nosotros, de que llegó a tener la friolera de 28 torres. Durante algo más de una hora nos asomamos a sus almenas, contemplamos un paisaje de llanura y el discurrir del Duero, hicimos fotografías e imaginamos la sensación de poder que debían sentir quienes, en la Edad Media, avistaban desde la altura cualquier movimiento a decenas de kilómetros a la redonda.

Caía la tarde cuando volvíamos a los automóviles y nos preparábamos para llegar a Burgo de Osma. ya de vuelta hacia el valle donde habíamos iniciado el viaje. Burgo de Osma es su catedral gótica con una impresionante torre barroca, es su plaza Mayor, es la Universidad de Santa Catalina, son sus plazas recoletas y son sus puentes sobre el río Ucero, cristalino y frío, rodeado de hierba, que bordea, por el norte la ciudad. Y aquel sábado de octubre, Burgo de Osma era un tumulto de gente paseando por la calle Mayor hacia la catedral, era las pastelerías abiertas y era un clima de fiesta en el que parecían confluir los vecinos de siempre con visitantes de fin de semana y ocasionales viajeros como nosotros. Me llamó la atención la vitalidad que mostraba el local del Círculo Obrero Católico: sólo en la Castilla profunda es posible ver este tipo de entidades socioculturales. ¿Una herencia de otro tiempo? ¿La perseverancia de la religión como parte de la vida cotidiana, incluso en los momentos de ocio? Probablemente ambas cosas. Y algunas más que no vienen a cuento.
 
 
Frente a la catedral del Burgo hay un café/pub de una gran amplitud y decoración entre minimalista y posmoderna (aunque casi son sinónimo, hay sutiles diferencias) en la que dominaban los tonos negros y morados. Pensé que era la alargada sombra de la iglesia: aquellos colores nos recordaban los de algunos hábitos cardenalicios u arzobispales. Allí refugiamos nuestro cansancio, tomamos café con algún dulce del lugar y recapitulamos sobre lo que había sido una intensa jornada viajera. Cuando ya era de noche, dejamos el pub y caminamos, entre la multitud festiva de la calle Mayor, hacia el lugar donde habíamos aparcado los coches. Teníamos por delante una hora de viaje hasta el valle del Lozoya. La felicidad, a veces, se parece a días como aquel.



domingo, 3 de febrero de 2013

Un viaje, en otoño, a Berlanga de Duero. Primera parte: de Retortillo a Barcones

Arco medieval en Retortillo de Soria
A veces. un viaje surge de manera imprevista. Así ocurrió un sábado del pasado octubre a sugerencia de un buen amigo: se trataba de viajar, en grupo (seríamos nueve los que decidimos meternos en faena) hasta Berlanga de Duero partiendo del valle del Lozoya y de recorrer unas tierras no por conocidas menos propicias a la sorpresa y a la novedad. Salimos muy de mañana del valle para avanzar hasta la carretera que, partiendo de la autovía hacia Burgos (la antigua Nacional I), lleva hasta Soria pasando por San Esteban de Gormaz y el Burgo de Osma, entre otros pueblos afincados en nuestra más remota memoria heredada del Medievo. La mañana era fría y soleada y los campos, que, dominados aún por el amarillo del verano, comenzaban a verdear, mostraban una belleza serena y solitaria. Por carreteras secundarias o terciarias, en las que en la mañana del sábado nadie transitaba, llegamos, para tomar café, a uno de los pueblos (casi aldeas) que desde hace unos años conforman la llamada Ruta del Cid: Retortillo de Soria.

Retortillo es un pueblo de calles desiguales, con muchos edificios abandonados pero que aún mantiene a un puñado de vecinos y en el que se conservan, con dignidad, las huellas de un esplendor casi nobiliario. Eran las diez de la mañana. Caminamos entre muros con escudos y blasones tras atravesar el arco que abre el pueblo a la carretera y sólo encontramos un bar abierto. Era la cafetería de la Residencia de ancianos, una isla donde varios vecinos y algún viajero como nosotros combatían el frío e intentaban sacudirse la soledad de aquellos parajes. Miré por la ventana y pude avistar esa austera belleza que recuerda los cuadros de Caneja hechos al trigal y a la llanura. Revisamos los mapas, tomamos con calma los cafés y antes de volver a la ruta, decidimos deambular hasta la vieja plaza principal del pueblo (no anoté el nombre).  Fue un paseo corto por calles empedradas en el que pudimos comprobar el abandono de numerosas viviendas: "La vida es dura", pensé, "los jóvenes no aguantan los inviernos y los viejos se hibernan cuando llegan los vientos del norte al comienzo del otoño". Es triste, desasosegador, ver los edificios deshabitados, muertos (nadie se interesa por ellos y sus antiguos habitantes ni están ni se les espera). A las once de la mañana cruzábamos el arco para reanudar la marcha hacia Berlanga.

Alamedas amarilleando más allá del trigal en barbecho
Carreteras terciarias donde aún es posible ver cómo cruzan, fugaces y asustadas, liebres que saltan desde algún matorral. Carreteras que frecuentaron buhoneros y mercachifles desde tiempos ancestrales y que hoy sólo recorren extraños hijos de la tierra que regresan o turistas raros como nosotros, amigos de la piedra y de los paisajes solitarios. La carretera, estrecha, deja la pronvincia de Soria para adentrarse en una Guadalajara desconocida: no es la Alcarria, ni la sierra de los pueblos negros, ni la de los extensos bosques del Alto Tajo. Es la falda meridional de la Sierra Ministra, una Guadalajara de paisajes pelados, de pequeñas estepas de vegetación rala que, a veces, se convierten en pequeños montículos que la carretera ha de sortear. avanzando por cerradas curvas o adentrándose por un cañón entre rocas: allí perdimos la cobertura telefónica, no vimos coche alguno en kilómetros a la redonda y pude recordar los libros viajeros de los escritores de varias generaciones  por aquellas tierras, revivir su desconcierto ante la soledad del paisaje. Pensé en Ridruejo y su libro Soria, en las caminatas de Castilla a pie de Josep Maria Espinás,  en la geografía en declive que nos describe Julio Llamazares en sus Cuadernos del Duero, en la Soria de Ernesto Escapa y en un casi olvidado Jorge Ferrer Vidal, autor de un maravilloso Viaje por la frontera del Duero (editado en la colección Austral hace más de veinte años y hoy descatalogado, a la espera de que alguna editorial valiente lo reedite), lecturas de un tiempo de descubrimientos y pasiones viajeras por los más recónditos pueblos de nuestra geografía.  
Aquella sensación no tardó en desvanecerse cuando, en la margen derecha de la calzada, vimos avanzar, como perdido, a un perro (probablemente, abandonado por su dueño) que trotaba carretera adelante quién sabía si buscando el coche que lo había llevado hasta allí, y algo más atrás y a paso lento y cansado, un caminante de edad indefinida y rostro sin afeitar con una mochila al hombro. Cuando salimos del cañón, una inmensa alameda, amarilleando, se desplegó ante nosotros y el verdor de una vega, todavía no vencido por el otoño, nos anunciaba nuevo pueblo o aldea: Miedes de Atienza.

Cruzamos Miedes no sin dejar atrás un paisaje hospitalario de huertos e invernaderos. La carretera, que seguía siendo de tercera, habría de llevarnos a otro pequeño pueblo de la "ruta del Cid", Bañuelos,  todavía la provincia de Guadalajara. Lo dejamos atrás y a los pocos kilómetros, entre álamos y fronda, vimos asomar la piedra dorada de los primeros edificios de Romanillos de Atienza, otro lugar insólito del norte de la provincia en el que nos aguardaba una sorpresa junto a la carretera que cruza su casco urbano: el templo parroquial, una iglesia románica cuyo capitel silense, según los expertos tiene un gran valor. Su belleza la acrecentaba el nido del campanario, ocupado por dos cigüeñas de un blanco inmaculado. 

Templo parroquial de Romanillos de Atienza
En las afueras, cuando enfilamos de nuevo hacia la provincia de Soria, nos llamó la atención, a lo lejos, una pareja joven, que, por la perseverancia con recorrían el prado con la mirada  y por la cesta de mimbre que lleva la mujer en la mano, no era difícil adivinar que andaban a la busca de la seta de cardo.

Un kilómetro apenas separa Romanillos de Barcones, el primer pueblo soriano que nos salió al encuentro tras dejar Guadalajara. Aquel tramo lo hicimos despacio, dejándonos llevar por la contemplación de un paisaje de leyenda, en el que no hay que hacer un especial esfuerzo para imaginar al Cid y a su cortejo avanzar en el horizonte. Recordé el poema de Manuel Machado aprendido de memoria en el colegio ("por la terrible estepa castellana, / polvo, sudor y hierro, el Cid cabalga") y detuve el coche para hacer alguna fotografía y contemplar un horizonte sin límite, en el que se alternaban amplias extensiones de tierra en barbecho e interminables choperas que parecían revelar la existencia de nutridos arroyos o manantiales de aguas abundantes.

Pronto dejaríamos la provincia de Guadalajara y nos adentraríamos, otra vez, en tierras machadianas. Pero a esa segunda etapa, con la que cerraríamos la jornada, me referiré en un próximo post. Terminemos como terminaban las viejas novelas por entregas: continuará.

viernes, 11 de enero de 2013

Un poema rescatado de mi primer libro: "La visita"

Pocas veces aludo a mi primer poemario en mis recuentos bibliográficos. Casi siempre arranco el "catálogo" con El vuelo liberado, aparecido en 1986 en Endymion. Sin embargo hubo uno anterior, publicado también por Endymion, de título algo alambicado y muy metafórico: Poco importa romper con las alondras. Fue un libro de formación, con poemas hechos en ese borde contradictorio en el que suelen nacer los textos en los que se recogen, como material de acarreo, las más diversas influencias. Lo publicó Jesús Moya, nuestro entrañable Jesús Moya, de la librería Fuentetaja, promotor de Ciencia Nueva, editor de Marx y Engels, en su colección poética casi recién nacida, en el otoño de 1980: han pasado nada menos que 32 años y algunos meses. Casi nada.

Vista del cementerio civil de La Almudena. Madrid
Pues bien, en ese libro (todavía recuerdo mi encuentro con el primer ejemplar, oloroso a tinta y a papel, en el sótano de Moya y, después, mi viaje en metro desde la Puerta de Toledo hasta Diego de León, releyendo una y otra vez los poemas, acariciando la portada e imaginando cómo sería recibido por amigos y familiares...) dejé parte de mis recuerdos de adolescente empeñado en ayudar a construir una sociedad distinta, mis luchas de barrio y empresa de la pretransición...  Además, tenía un atractivo especial aquella edición: el dibujo de portada, firmado por el pintor y ceramista Arcadio Blasco, que vivía en aquel momento el favor de la crítica gracias a una exposición que triunfaba en Madrid


Desde hace muchos años, tengo un ejemplar de aquel libro con parte de los poemas corregidos con un fino rotulador de tinta verde. Sin embargo no he podido culminar la tarea (y ni siquiera sé si podré hacerlo en el futuro) salvo en lo que se refiere a un poema: su título, "La visita". Es un poema especialmente querido en el que evoco viejas visitas, cuando era niño, al cementerio civil de Madrid, de la mano de mi padre. Eran visitas semiclandestinas, cautelosas, que tenían, para mi padre, mucho de acto civil de resistencia. Y para mí un atractivo extraño aunque sólo llegué a entender su sentid pleno muchos años después.

En junio de 1979 murió mi padre. Y un mes después, moriría uno de mis poetas de cabecera de aquella época, Blas de Otero. Los restos de ambos fueron enterrados en el cementerio civil. Durante muchos años, mis visitas a ese cementerio tuvieron dos destinatarios. Blas y mi padre.

Aquí dejo el poema "La visita". Es el único hasta ahora salvado de la impericia y de las imperfecciones de aquella época tras un largo proceso de corrección. Ojalá os haga sentir, por un instante al menos, una brizna de las emociones que a mi me llevaron a escribirlo.


LA VISITA
                        A mi padre. In memoriam.

No era
la rutina de una cita de trámite.
                                                         Ni siquiera
el acto tan sencillo 
                                    de cerciorarse
de que seguía allí, en el lugar exacto que ocupara
decenios atrás, con la misma inscripción
sobre la piedra.
                              Cruzar la verja,  contemplar  sin miedo
los pasadizos de tierra entre las tumbas,
respirar los cipreses, los rosales,
las yedras, los pétalos ajados, detenerse
ante los nombres grabados en la piedra
de aquellos que tuvieron
más firme el sueño,
era
          un gesto resistente, un acto de la idea,
cada año y el primero de cada mes de mayo.

Mi padre, hecho de viento puro y de inocencia,
compraba los claveles
para aromar el día y la memoria y yo iniciaba
una senda entre dudas, e intuía que una verdad antigua
respiraba en las tumbas despojadas de cruz y de abalorios,
peladas como frutos mas oliendo a las flores
que habrían de crecer, invisibles semillas
que hoy flotan en el aire dibujando
un signo parecido al porvenir.

Cementerio civil de cada mayo, ciudad adormecida
bajo la noche negra del silencio y la bota,
mi padre, en sus caminos, imaginó la luz en la penumbra,
el agua entre la sed, el deseo y la vida
frente a la pesadilla  tejida sobre el mapa, dueña de las ciudades,
del campo, de la niebla y los talleres...

Mi mano
recibía la herencia y algo extraño
parecía temblar en su apretón nervioso (quizá fueran
los guardias civiles en la puerta
el miedo de aquel tiempo).

Ser niño entonces era
llevar algo de ira en los tirantes y él lo comprendía.

Mi andar menudo y frágil,
mi delgadez casi de tisis,
eran el anticipo de un compromiso en ciernes
y él lo comprendía.

Tal vez por ello,
cada uno de mayo
como si celebrara el mes de los claveles
o el resurgir de la naturaleza,
mi padre me llevaba con él al homenaje
a la boca cerrada, al silencio de niebla
de un cementerio civil que quizá fuera
lugar de libertad casi exclusivo
en aquel tiempo.

Había otros, no sólo estábamos
mi padre y yo entre los cipreses.

Hombres de abrigo gris de hombros hundidos
y codos bien gastados
que con gesto furtivo y solidario
cruzaban con nosotros sus miradas
como extraños destellos
de una luz cierta y, al tiempo, clandestina,
(la presencia de los guardias civiles impedía
la formación de grupos
de más de una persona).

Y dejábamos las flores, casi siempre
la tumba preferida de mi padre
tenía por nombre y apellido Pablo Iglesias,
y, al poco tiempo, nos marchábamos.

Ahora sé que con aquella visita, que no era
la rutina de la cita de trámite,
mi padre levantaba un edificio de esperanza
en la cena en familia, como el hombre  que abre
la puerta a nuevas calles y se mira, orgulloso,
en el espejo del deber cumplido
con la vida diaria y con el hijo
que nada conocía
del tiempo en que él fue joven
y había luz en las calles y la gente soñaba
y, a veces, sonreía.