Veranos de la infancia y de la adolescencia, recuerdos de un tiempo en que llegar de Madrid a aquel lugar de la costa norte en el seiscientos familiar era echar el día, hermoso tiempo de descubrimientos y de felicidad sin límite, espacio de la imaginación y de la memoria en el que el verano es la patria de los sueños y de las horas interminables e irrepetibles, de las músicas que no se olvidan. También hablamos de libros, de novedades para el curso que empieza, de Harlodo Conti y de Sudeste, de la poesía de Handke y de las novelas que, junto a la de Conti, Bartleby prepara para el otoño: sus autores, Justo Sotelo, Lydia Davis o William Conescu. Como escribo de memoria y no quiero que ésta me traicione, ahí dejo el recuento de novedades. 
Cuando dejamos Tapia y, casi al borde de la media noche, volvíamos hacia nuestro refugio más allá de Ribadeo, pensé que las horas de conversación que habíamos vivido habían sido un premio inesperado. Junto al pequeño puerto, mientras las terrazas vivían con intensidad su condición de lugar de encuentro, Pepo, E. y yo habíamos construido toda una teoría (probablemente nada original) sobre el valor que tiene, en la vida de todo ser humano, contar con raíces también en el lugar donde se viven las vacaciones. Recordé el pueblo de Soria de mi infancia, o las tardes interminables de agostos sucesivos en Los Urrutias, junto al Mar Menor, cuando vivían los padres y el mundo era inabarcable y el verano era el lugar de la magia donde todo era posible. Incluso el amor más idealizado. Hoy, cuando las grandes agencias nos venden vacaciones con bullicio, viajes a remotas playas que son, las más de las veces, islas de lujo y opulencia en medio de la más absoluta miseria, no es malo recordar que en lugares perdidos entre bosques apenas conocidos o en pueblos acostados junto al mar, en los que, pese a ciertos desmanes urbanísticos, todavía se respira la paz de los pueblos de pescadores, el verano puede ser sinónimo de felicidad. O de algo muy parecido a ella.
Blas de Otero
Parece que la inquietud que mostraba en mi artículo por el hecho inexplicable de que treinta años después de la muerte del poeta careciéramos de noticias sobre la publicación del libro que, según informaciones solventes, comenzando por las ofrecidas por Sabina de la Cruz, su viuda, dejó a su muerte, va a ser conjurada en un plazo relativamente breve. Una poeta amiga, muy próxima como docente a Sabina, me llamó por teléfono (de hecho, fue quien me comunicó que había aparecido mi artículo en Babelia, yo desconocía en qué fecha sería publicado) para decirme que en breve saldrían los inéditos de Blas. Y añadió: "saldrán con la poesía completa. Y son muchos los textos inéditos, comenzando por su libro La Galerna y Hojas de Madrid". Aunque el treinta aniversario de su muerte ha pasado inadvertido, hay que decir que si la novedad que me anunció mi amiga poeta es real, estaremos ante la mejor conmemoración posible. Hoy, cuando poetas que apenas han pasado la treintena cuentan con su poesía completa en edición casi de lujo, cuando se canonizan obras cuya relevancia es más que discutible (sobre todo porque tienen que ser sometidas a la prueba del tiempo), el hecho de que no contemos, en los escaparates de las librerías y en las bibliotecas, con la obra completa de Blas de Otero, es un delito de lesa literatura. No sólo porque fue un poeta comprometido con su tiempo e implicado, hasta límites hoy incomprensibles para la mayoría del establishment poético, con las luchas de los humillados y ofendidos, sino porque fue un poeta intenso, de un altísimo nivel lírico, que supo afrontar el lenguaje como descubrimiento y revelación y no como proclama (aunque no faltaran, en ocasiones, las proclamas). Sus sonetos, sus poemas dedicados a los hombres y tierras de España, sus reflexiones a través del poema sobre la realidad, colectiva e íntima, que vivía en un país sometido, su canto al amor y a la felicidad difícil, nos mostraron que se podía ser devoto de la mística de Juan de la Cruz y admirador de Maiakovski o de Aragon. Blas podía escribir, con decisión y sensibilidad a la vez un canto colectivo como "Si he perdido la vida, el tiempo, todo / lo que tiré como un anillo al agua. / Si he perdido la voz en la maleza, / me queda la palabra", y podía escribir con ternura y sensualidad "Besas como si fueses a comerme", primer verso de un extraordinario soneto de amor.
Con Pepe Hierro, con José Luis Hidalgo (un olvidado a reivindicar) y con Gabriel Celaya formó parte de un antología que fue libro de cabecera de mi generación: Cuatro poetas de hoy, de la mítica colección de bolsillo de Taurus. Yo era muy joven, casi acababa de abandonar la adolescencia cuando, de lejos, muy de lejos, lo conocí: lo vi en algunas tribunas de barrio, o en la Casa de Campo en un Primero de Mayo memorable por ser el primero tras la Constitución y, sobre todo, lo escuché en la voz de cantautores que fueron referencia y guía durante un tiempo históricamente decisivo, comenzando por Paco Ibáñez o Luis Pastor.
Pero hay algo más en este homenaje, algo muy íntimo y personal: Blas murió cuatro días después de que muriera mi padre. Recuerdo que mis visitas al cementerio civil a dejar flores en la tumba del padre con el que nada pude hablar de poesía (sabía de maderas y de humillaciones y de carencias, poco de literatura) tenían como colofón obligado mi presencia, durante unos minutos, ante la tumba de Blas. Por eso, el pasado 29 de junio, los treinta años de ausencia de Blas de Otero fueron para mí, también, los treinta años de ausencia de mi padre.










Convencido de que sólo alguien que hubiera vivido parecido proceso de 